Contra la crisis de sentido: la esperanza que promete futuro


Compartimos con vosotros esta reflexion del CCFMC. Agradecemos a la hermana María Gabriela Alarcón Contreras, de Mexico, por enviarnos la noticia.

Paz y Bien!

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En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios
descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas
angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión
del ser humano en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y
colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio,
testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo,
no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia
humana que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas,
aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el
poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de
su Fundador. Es la persona humana la que hay que salvar. Es la sociedad
humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el
hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y
voluntad, quien será el objeto central de las explicaciones que van a seguir. Al
proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla que
en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia
para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación.” (Gaudium et
Spes Nr. 3).

Han pasado ya algunas décadas desde que se escribió este texto programático en el Concilio
Vaticano II. Todavía se percibe en él optimismo y admiración sin reservas frente a los adelantos
técnicos y frente al poder del ser humano en la conformación del mundo. Se tenía entonces la
esperanza que cada problema podría solucionarse con la técnica; solo bastaría el dinero
necesario y la espera paciente. Si no en el presente, al menos en un futuro no muy lejano
podría construirse un mundo mejor. Esta fe en el desarrollo se ha venido abajo, la impotencia
del ser humano es una experiencia casi diaria. Han ido apareciendo crisis una tras otra: crisis
de la reflexión científica, crisis de confianza y cohesión, crisis financiera, crisis de alimentación,
crisis económica mundial, y todas apuntan a una crisis fundamental: la crisis de sentido total.
Algo de esto alcanzó a vislumbrar el Concilio cuando constató la existencia del miedo y de las
preguntas acuciantes en torno al futuro y al puesto y la misión del ser humano.
El Concilio ofrece un diálogo. Expresa la convicción que la Iglesia tiene algo que ofrecer: la
fuerza que brota de la salvación y redención del mundo, la semilla divina que se oculta en el
ser humano y que le otorga su dignidad y vocación divina. En todo hay un sentido, todo
conduce hacia la comunidad fraternal amplia, a la cual convoca la Iglesia a sus miembros.
Pero, ¿es realmente salvífico colocar al ser humano en el centro, tal como lo hace el Concilio?
Intentaré ofrecer una visión detallada a partir de Francisco de Asís:

1. El ser humano no es el centro en torno al cual gira todo por una razón doble. El está más
bien insertado en una totalidad mayor, en la Creación, de la cual es parte. Y la Creación
está orientada a Dios, a quien debe rendir adoración.

2. De hecho y en verdad el ser humano es, antes que nada, parte del problema, y sólo cuándo
reconoce esta verdad pasa a ser parte de la solución. Francisco afirma en su Cántico a la
creaturas que ningún ser humano es digno de nombrar a Dios. Tanto se ha alejado de Dios
y se ha sometido al consumismo, tanto se ha apropiado de las creación que no puede
pronunciar el nombre de Dios desinteresadamente. Es por ello que son los seres nohumanos los que reciben la honra de alabar a Dios. Así, Francisco invita en su Cántico al
Sol, a la Luna, las estrellas, el viento, el aire, el agua y la tierra, y en otro lugar a los pájaros
y otros animales a hacer aquello que el ser humano no es digno de hacer.

3. Según Francisco, el sentido de la vida se encuentra en ser buen humus, tierra fructífera
(Rnb 22), madre y abono para la semilla divina de la que habla el Concilio. Mientras tanto
la teoría de la evolución está muy arraigada, y en ella no sólo se afirma que la evolución
está totalmente programada, sino que pareciera que el ser humano no goza de libertad al
estar sometido a una determinada finalidad, lo que le imposibilitaría optar por otra
dirección que le dé un sentido especifico humano, cristiano o franciscano a la vida. Estas
afirmaciones vienen de una forma reductiva de comprender la teoría de la evolución. Ésta
realmente prevé cambios correctivos a través de una serie de factores dirigidos o dados.
Nuestra conducta tiene repercusión e influencia, aún cuando no podamos explicarlo
adecuadamente en forma científica.

4. La contribución que puede ofrecer el/la franciscano/a para el mundo futuro consiste en la
praxis de una vida consciente por medio de cambios específicos de perspectiva: vivir como
“peregrinos y forasteros” por medio de la renuncia a la pretensión del poseer para mostrar
que nuestra patria está más allá de las apariencias. Con la “sublimación de la pobreza” nos
perfilamos como orientados al ser, a la vitalidad que culmina en la „patria de los vivos”.
Por medio de la “virtud” señalamos la verdadera riqueza con calidad clara y enérgica del
carácter (Regla 6). Y con el reconocimiento respetuoso de las demás creaturas como seres
vocacionados a alabar a Dios expresamos el fin último de la totalidad: el resplandor de
Dios que colma todo en plenitud.

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